Este espacio no está destinado a la banalidad y, menos aún, a la frivolidad.
Sin embargo, en un ataque de cholulismo narcicista, tal vez, hoy voy a hacer una excepción y voy a contar aquí algo que, por distintos motivos, nunca conté
a nadie, salvo a algunos íntimos.
Existe una teoría, llamada de los
seis grados de separación, que dice que cualquiera de nosotros tiene, con
cualquier persona en cualquier lugar del mundo, una cadena de no más de seis eslabones
que nos separan de ella. Esos eslabones humanos son personas conocidas; pueden
ser parientes, vecinos, amigos o colegas.
Es un juego interesante y
divertido, que recomiendo a todos; se sorprenderán. Cada vez que puse a prueba
esta regla, siempre se cumplió. Lo hice con el Papa, con el presidente de EEUU,
con decenas de personajes públicos de medio mundo. No falla. Hoy cuento una de
esas experiencias, esta vez algo más compleja y sofisticada.
Finalizada la Segunda Guerra
Mundial, mi padre, esloveno, que había participado activamente en ella, vino a
recalar a Buenos Aires, como tantos otros, provenientes de la desaparecida
Yugoslavia. Fue de la partida también un cantante lírico de apellido Kolacio, croata
que, educado y formado profesionalmente en Zagreb y en Milán, había sido
miembro de las Óperas de Ljubljana y de Belgrado. En su deambular por Buenos
Aires, trabó conocimiento y amistad con Osvaldo Miranda, que por aquel entonces
tenía aspiraciones de cantor, aunque después triunfó en su otra vocación, la de
actor; uno de los grandes actores argentinos.
Mi padre y Kolacio se habían
hecho muy amigos; de hecho, Kolacio fue, pocos años después, padrino de boda de
mis padres. La común amistad del barítono croata tanto con mi padre como con
Miranda, unió también a estos dos; grupo al que se sumó un actor ya por
entonces consagrado en estas tierras, Fernando Lamas, que había entablado
relación con Miranda, a raíz de haber compartido trabajos actorales.
Pronto, Miranda y Lamas, que
estaban filmando una película, viajaron a EEUU para continuar allí con el
rodaje. Miranda regresó, pero Lamas se quedó en Norteamérica, donde desarrolló
una exitosa carrera. Por la misma fecha, mi padre se estableció en Comodoro
Rivadavia, así que el grupo se desintegró, pero quedaron lazos de amistad y
algunos contactos esporádicos. No tengo claro si Kolacio también vivió algún
tiempo en el Sur o sólo viajó desde Buenos Aires en ocasión de la boda de mis
padres, para ser padrino. De todas maneras, sé que Kolacio nos visitó más de
una vez siendo yo pequeño, porque aún recuerdo cómo resonaba su potente voz en
los muros de nuestro departamento. Falleció poco tiempo después.
Fernando Lamas hizo amistad en
EEUU con un tal Luka, hijo de un esloveno casado con una estadounidense y que
tenían un exitoso restaurante. La cuestión es que Luka tenía
aspiraciones de actor, así que se movía en ese ambiente. Al conocerse con
Fernando Lamas, éste le comentó que había tenido un amigo esloveno en Argentina
(mi padre). Tiempo después, Luka realizó un viaje a la Argentina, cuyo motivo desconozco,
y se puso en contacto con papá, al que traía los saludos de su amigo y le informó
también su domicilio y dirección postal. Esto ya fue a principios de los años 50.
Se inicia un intercambio epistolar
y, cuando se produce mi nacimiento, en 1954, papá le escribe al amigo
diciéndole que me puso de segundo nombre Fernando. Mis dos nombres son Lorenzo y
Fernando, en honor a mis dos abuelos (paterno y materno, respectivamente), pero
parece que Lamas lo interpretó como un homenaje a su amistad (o tal vez mi
padre le haya incluso sugerido algo así, medio en broma).
El hecho es que, cuatro años
después, nace un hijo de Fernando Lamas y éste lo bautiza como Lorenzo; y se lo
hace saber a mi padre, como que se tratara de un acto de reciprocidad.
Imposible saberlo, pero así quedó entre los amigos: que yo me llamaba Fernando
en honor a Lamas padre y que Lorenzo Lamas se llamaba así en honor al hijo de
mi padre (que vengo a ser yo).
Pero no terminó ahí la historia,
aunque lo que siguió ya fue sólo resultado del azar: mi hija se llama Alexandra
y hace poco tiempo me enteré de que Fernando Lamas tuvo también una hija
Alexandra, hermana de Lorenzo, el que, a su vez, bautizó como Alexandra a una
hija suya. De tal manera, a Lorenzo y Fernando se sumó, en este enredo de
nombres, el de Alexandra, nada menos que por partida triple.
Misterios y curiosidades que nos tocan de cerca y nos sorprenden, superando con holgura la popular teoría de los seis grados de separación.

