lunes, 8 de mayo de 2023

Programa de Gobierno: TODOS LOS REYES ESTÁN DESNUDOS.



 Parece mentira que estemos a semanas de tener que votar candidatos a gobernarnos y no sepamos todavía qué proponen.

Desde Juntos por el Cambio – que me parecen los más serios por ahora – nos aseguran que tienen a los equipos técnicos de las cuatro fundaciones de los partidos integrantes trabajando “a full”, mientras lo único que sale de sus bocas es que se requiere un “plan integral” (¡chocolate por la noticia!). Honorable excepción: Tetaz suele dar algunas pistas, aunque parcializadas, en programas de televisión, sin que eso llegue a constituir un plan integral, pero chapeau al único que dice algo.

El anarco-liberalismo de Milei sólo recita el dogma de la dolarización, la eliminación del Banco Central y la guerra a la casta. Fin del programa.

El peronismo que encarna Alberto Fernández se jacta de no tener plan ni programa (“no creo en los programas”).

El peronismo K y sus satélites tienen un solo plan: Kaos y Destrucción. Cuanto peor, mejor – cuando todo esté destruido, reconstruiremos (eso sí, “con la gente adentro”, jejeee).

La izquierda, muy parecido a los K, sólo que con un poco más de andamiaje teórico, fundado en un idealismo utópico que ya demostró ser impracticable y fracasó en todo el mundo.

NO HAY MÁS. Vergüencita ajena, debo confesar.

jueves, 2 de abril de 2020

NOS MORIMOS Y... ¿QUÉ PASA?


A fuerza de escuchar la pregunta ya clásica del fin de programa de Luis Novaresio: “nos morimos, ¿y qué pasa?”, he reflexionado mucho sobre el tema, a pesar de que lo tenía, para mí, resuelto en el marco de mis creencias. Escuchando tantas respuestas, muchas veces inesperadas, se me ocurrió algo que quiero compartir, y lo hago por esta vía, porque, obviamente, nunca me va a invitar Novaresio a su programa y, sin embargo, me nacieron las ganas de contestarle. Además, es una respuesta que nunca escuché; en general, en todas las respuestas, se mantiene el dualismo: sí o no; la vida sigue, o sobreviene la nada. Mi desarrollo no puede ser más que embrionario, preliminar, en aras de la necesaria brevedad de este medio.
Todos los filósofos, teólogos, científicos y pensadores del mundo se abocaron a esta cuestión, con distintas respuestas, que van desde la afirmación indubitable a la negación, también indubitable, pasando por mil posiciones intermedias, entre ellas, la duda.
¿Hay en el ser humano una vocación de trascendencia? O, expresado de otra manera: ¿el hombre es inmortal?
Mi planteo consiste más en una nueva pregunta que en una aseveración, y tiene basamento en dos cuestiones esenciales: el autoconocimiento y la autopercepción por un lado, y la libertad por el otro.
Comenzando por la primera, partamos de considerar que el hombre tiene una psique capaz de bucear en profundidades insospechadas, de vincularse con su propia esencia, su núcleo, y también con la de otros seres, participando de lo que llamamos mente universal o inconsciente colectivo, y que la intuición es una herramienta demostradamente superior en muchos aspectos a la razón misma, señalando los caminos correctos con una asertividad a menudo superior a la lógica racional.
Por otra parte, la historia viene demostrando que difícilmente el hombre pueda pensar algo que no existe. Las cosas que parecían fantasías absolutas y que fueron imaginadas por hombres y mujeres clarividentes a través de la historia, siempre terminaron volviéndose realidad en algún momento, indicando que el hombre no piensa nada que no forme parte del universo de la realidad, a pesar de los desfasajes de tiempo y espacio, así como de las diferencias de matices entre lo pensado, lo intuido, y lo posteriormente develado.
Entonces, frente a la pregunta de si el ser humano tiene vocación de eternidad o no (la famosa pregunta ¿y después, qué?), vinculando el poder de la psique, la intuición y la autopercepción, surge la pregunta: ¿puede ser que algunos trasciendan y otros no? - ¿Es posible que quien se autopercibe trascendente es porque logrará efectivamente esa trascendencia en la inmortalidad, y quien no, es porque, efectivamente, volverá a la nada? Lo que no sería, en rigor, volver a la nada, porque eso iría contra todas las leyes físicas y naturales universalmente conocidas (“nada se pierde; todo se transforma”), pero sería un refundirse en una especie de magma cósmico psico-físico-espiritual (energético, en esencia) anónimo, que serviría de abono o materia prima de las futuras vidas, en vez de continuar con su vida en forma diferenciada, individual y personal, aunque en otra dimensión. Si en verdad somos capaces de una percepción profunda de lo que somos, nuestra circunstancia no puede ser muy distinta ni ajena a nuestro destino.
Algunos alegarán que lo sugerido no es posible; que la respuesta debe ser necesariamente universal, por sí o por no. Sin embargo, me permito dudar de ello. La evolución individual es absolutamente personal. La vocación seguramente está en todos, pero algunos la realizan y otros no, como en tantos campos de la vida. Potencia y acto.
Y lo de la vocación me lleva a la segunda cuestión esencial: la libertad.
Los seres humanos tenemos dos dones supremos, recibidos del Creador para los creyentes, y de la naturaleza u otras eventualidades para los demás: la vida y la libertad. La vocación es un llamado, pero, en el marco de nuestra libertad, podemos atenderlo o no. Y esa misma vocación de trascendencia e inmortalidad también puede, en ese mismo marco, ser atendida o no. ¿Será entonces que aquellos que se autoperciben como mortales con destino a la nada es porque en el fondo han decidido, de alguna manera y por algún motivo personal e inalienable, elegir ese camino?
Todo lo expuesto me hace pensar que, en rigor, estamos eligiendo hasta más allá de nuestra misma vida física actual. Y que la verdadera respuesta a la pregunta “¿y qué pasa?” posiblemente sea “lo que hayamos decidido”.

jueves, 26 de noviembre de 2015

OTRAS CAMPAÑAS DEL MIEDO


Esto de querer torcer el rumbo infundiendo miedo, no es un invento del Kirchnerismo, a pesar de que ellos se sientan inventores de la patria y de la historia.
Ejemplos hay que remiten a la antigüedad más remota, pero hay un caso que quiero compartir hoy, porque nos toca de cerca, tanto en el tiempo como en el espacio.
Todos sabemos de Calfucurá, llamado el Napoleón de las pampas, que, desde su asentamiento en Salinas Grandes, que era, de hecho, la capital del sur del país, supo extender su imperio desde la pampa húmeda hasta la Tierra del Fuego, mediante hábiles alianzas con otros caciques, que tuvo en jaque a los sucesivos gobiernos, negociando con ellos de igual a igual e imponiendo sus condiciones a sangre y fuego cuando lo consideraba necesario. Pero no todo era sangre y fuego; su liderazgo se sustentaba en una gran inteligencia, habilidad táctica y estratégica, fortaleza de carácter, tenacidad y crueldad cuando hiciere falta.
A Calfucurá, que fue muy longevo, y hasta casi sus 80 años lideraba a sus hombres en incursiones y malones que exigían una gran condición física, lo sucedió a su muerte su hijo Manuel Namuncurá, que heredó de su padre gran parte de su capacidad y habilidades.
Todo esto, sólo para ubicarnos históricamente en el tiempo, el espacio y las circunstancias históricas. Estamos en el año 1876, en el sur del centro del país. Pero ahora volvamos al tema del título. Para ello, me limitaré a transcribir en lo pertinente algunos fragmentos del libro “El santito de la toldería”, biografía de Ceferino Namuncurá, hijo de Manuel Namuncurá y nieto de Calfucurá, del autor Manuel Gálvez (Biblioteca Maestros del Idioma – Editorial Apis – 1967).
Cuenta Gálvez (p. 143 y ss.): “Un sacerdote lazarista, el padre Jorge María Salvaire, deseaba ir a los toldos de Namuncurá para rescatar cautivos. Estaba con el cacique, mediante intermediarios, en muy buenas relaciones…
…Enterado de los deseos de Salvaire, Namuncurá contestó que le vería con placer en Salinas Grandes, para que instruyera y bautizara a las gentes de su tribu. Y le prometió una escolta.
Ante tan buenos propósitos, Salvaire se dispone a recorrer las cien leguas que separan Azul de Salinas Grandes. Bien provisto de obsequios, que lleva en varios carros, sale el 20 de Octubre de Azul y llega el 27 a Carhué, donde lo esperan treinta indios que Namuncurá le ha enviado para escoltarle. Pero apenas parte la caravana de Carhué, surgen, de entre los matorrales, indios que rodean a los viajeros, aúllan ferozmente y levantan las lanzas amenazándolos. Salvaire, que va a caballo, se les escapa, no sin recibir algunos latigazos en la espalda; y los carros son lanceados. Y así, atacados noche y día, llegan el 1° de Noviembre a los toldos de Salinas Grandes.
Namuncurá no le da la mano al sacerdote, le niega amistad y protección y lo envía a legua y media de su capital. ¿Qué ha sucedido? Parece que unos “cristianos” vendedores de aguardiente, en el temor de ser perjudicados en su negocio, han difundido entre los crédulos indios toda clase de absurdas calumnias sobre Salvaire. Han dicho que el propósito de rescatar cautivos es un pretexto, pues ha venido como espía del Gobierno y a embrujar y envenenar a los caciques y a desparramar la viruela”.

Creo que, a nuestros fines, no hace falta agregar nada. Cualquier similitud con hechos recientes no es más que la confirmación de que nada nuevo se ha inventado en esta querida patria, aunque algunos se sientan inventores, creadores y refundadores de todo cuanto hay bajo el sol por estos lares.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Volviendo a Aristóteles y la política arquitectural

Quiero volver al tema de la política arquitectural (ver mi columna del 16 de agosto). Dejo de lado adrede el aspecto agonal, porque ya hemos advertido que está lleno de políticos dedicados a él.
Desde el punto de vista arquitectural, nos confunde el hecho de que existe muchísima gente dedicada a planear políticas, aportar ideas, desarrollar programas y proyectos técnicos en distintas áreas y disciplinas. Y diría aun más. Nuestro país está, gracias a Dios, colmado de especialistas descollantes, más que capaces, en todas las áreas. También está lleno de gente de gran vocación y buena voluntad, con ganas de trabajar, que se incorporan a equipos técnicos que elaboran proyectos, diseñan estrategias, a menudo hasta trabajan personalmente, sobre todo en lo social. Gente meritoria, excelente en lo que hace.
¿Pero entonces, por qué critico yo la falta de una política arquitectural en nuestra querida patria?
Porque eso no alcanza. Porque lo que falta desde ya hace mucho tiempo es el “gran arquitecto”, que coordine todo eso, que asigne prioridades, que encuentre cómo encastrar todos esos elementos para armar el gran rompecabezas que es la nación. Y cuando menciono al gran arquitecto no quiero referirme a una persona en singular -¡Dios nos libre de los personalismos!- sino a una clase política que sepa cumplir con esa delicada tarea, que es su deber esencial.
Para poner un ejemplo bien simple, relacionado precisamente con la arquitectura y la construcción en su acepción más simple: es como si tuviéramos los mejores fabricantes de puertas y ventanas, los mejores productores de cemento, ladrillos y materiales, los más hábiles albañiles, etc., etc. ¡Pero no hay nadie que sepa organizar todos esos recursos humanos, técnicos y materiales para construir una edificación medianamente digna!
Entonces, todos nuestros brillantes economistas, científicos, empresarios, trabajadores sociales, artistas, jurisconsultos, diplomáticos y educadores, desperdician sus energías en brillantes obras, geniales ideas, meritorios proyectos, que por desarticulados, por no estar integrados en un todo coherente, terminan siendo ineficaces para transformar la realidad nacional.
Ese “gran arquitecto” que nos falta es el estadista, el que tiene los planos y sabe dónde ubicar cada uno de los elementos. Cuando aparezca una nueva clase política que domine ese difícil arte; cuando haya un modelo a seguir (que aunque se menciona constantemente, es más que evidente que no existe por el momento), muy prontamente se dejarán ver los frutos.

lunes, 17 de agosto de 2009

¿Diálogo para el cambio o té con la Reina?


El circo poselectoral sigue ofreciendo funciones con distintos numeritos, de contenido heterogéneo; uno de ellos es el llamado mesa del diálogo.
Ante la invitación, los potenciales interlocutores adoptaron dos actitudes, a mi modo de ver, ambas erróneas.
Unos directamente se negaron a dialogar. Su argumento no deja de tener peso: el lugar natural del debate en una sociedad democrática es el Congreso. Lo que no se han detenido a pensar es si nuestra sociedad es democrática, y como yo creo que no lo es, creo también que es un deber el aprovechar cualquier escenario para el diálogo. Jugar al todo o nada cuando lo que está en juego es tan importante como el presente y el futuro de un país, me parece algo caprichoso y, sobre todo, improductivo.
Otros han concurrido a la cita, mostrándose en general satisfechos aunque manifestando que recién es un primer acercamiento, que aún falta mucho, y otros comentarios por el estilo.
La sensación del que mira desde afuera es que muchos de los que han concurrido parecen estar contentos por el simple hecho de volver a pisar la alfombra roja y de ser tenidos en cuenta... están contentos porque pueden concurrir a la ronda del diálogo, sentirse otra vez parte de la cosa. ¡Pero simplemente como quien concurre al famoso té con la Reina!
La política carece de sentido si no modifica la realidad. Y hasta la democracia se vacía de contenido si no genera políticas capaces de transformar la realidad. Dialogar por dialogar o para ganar (perder) tiempo o para sentirse importante y gratificado es una grave irresponsabilidad en los tiempos que corren. Hoy urge sentarse para ponerse de acuerdo sobre puntos esenciales que detengan nuestro camino hacia el abismo. Después podrá ser demasiado tarde.
Hay que discutir sobre cómo se revierte nuestra política de aislacionismo internacional, para reabrir los canales de recursos e inversiones. Qué señales enviar al mundo para volver a ser confiables (¡qué difícil!).
Cómo poner en marcha el aparato productivo – para ello, antes que nada, pacificar a la sociedad, descomprimiendo el actual nivel de desconfianza y hasta odio y beligerancia entre los distintos sectores y clases; si no se logra un acuerdo en ese sentido, será muy difícil. Ver cómo hacer para que los productores produzcan, los trabajadores trabajen, los maestros enseñen...
Cómo regresar a un sistema educativo y cultural que ponga en valor la búsqueda de la excelencia, la alegría de producir, el goce de la cultura.
Son muchas cosas, y nada simples. Justamente por eso es imperdonable que los dirigentes no quieran sentarse a dialogar o lo hagan sólo para tomar el té. Por supuesto que también es condenable convocar a reunión sólo para eso.En síntesis: al diálogo hay que ir, pero para exigir el tratamiento de los temas siempre importantes y hoy, sobre todo, urgentes.

domingo, 16 de agosto de 2009

¿Volvemos al marxismo más retrógrado?


¡No lo puedo creer, en pleno siglo XXI!
¿Es que la evolución no existe?
¿Necesitamos volver a los esquemas mentales que, amén de haber fracasado, causaron a la humanidad los mayores males y desgracias en el último siglo?
Hablo de la lucha de clases.
Cristina se despachó ayer con una receta ultra-ortodoxa de tipo marxista. Habló de padrones de pobres y padrones de ricos (sin percatarse siquiera de que ella figuraría sin dudas en el segundo).
Y es muy triste, porque son cosas que van matando la esperanza.
Cuando el mundo ya internalizó mayoritariamente que la lucha de clases carece de sentido, que sólo exacerba los odios, amenaza la paz y además nos iguala en la pobreza y la frustración, nuestra presidente vuelve con un discurso cargado de odio de clases, totalmente estéril, amén de destructivo.
Quien tenga nociones sólo elementales de cómo funciona el mundo, comprende que lo que hay que hacer es generar riqueza para que haya más para todos, y no entrar en una lucha donde nos quitemos unos a otros lo poco o mucho acumulado.
El ser rico no es pecado si se enriqueció lícitamente. Hay personas que tienen espíritu emprendedor y visión empresaria, que con habilidad integran los recursos (naturales, humanos, financieros) creando fuentes de trabajo que se llaman empresas. Esa gente por lo general se enriquece, pero sin ellos no habría trabajo ni progreso. No hay que combatirlos; lo que hay que hacer es lograr un acuerdo para que ese crecimiento y progreso sea distribuido con justicia, mirando al bien común.
Los que tenemos dos dedos de frente ya hace tiempo hemos reemplazado la lucha de clases por el acuerdo de sectores y clases sociales, así que no estoy acá descubriendo la pólvora. Los únicos que todavía no se han dado cuenta de ello son tal vez Fidel, Chávez y los Kirchner. Y, qué desgracia, ¡¿Justo a nosotros nos tenía que tocar?!
Aunque creo que Cristina no lo hace ingenuamente; creo que lo hace para disimular la falta de propuestas y ganarse la simpatía de los proletarios, que cada vez son más, y que significan votos.
Habla de marginación y de otros temas, sin percatarse de que precisamente ella encarna al mayor responsable de generar políticas de crecimiento, desarrollo e integración.
No se trata de que los ricos son malditos y los pobres, víctimas. No necesitamos a un cowboy que venga a hacer justicia de esa manera.
Otra triste realidad de la que me he percatado últimamente: en la Argentina no hay hoy nada más fácil que ser político; sólo hay que aprenderse tres o cuatro palabras, entres las cuales las principales son "inclusión social". Ni siquiera importa saber qué significa - sólo hay que meter el bocadillo en cada discurso, entrevista o charla. Tampoco importa si se es radical, peronista, de derechas o de izquierda... el que no pronuncie las palabras mágicas no llegará a nada, pero basta saber de memoria esas pocas palabras para sacar patente de político argentino.

¿Agonal o arquitectural?


Sólo un comentario final sobre la última campaña.
Desde la antigüedad griega, en la cuna de la democracia, Aristóteles planteaba que la política necesitaba apoyarse en dos pilares: la política agonal, la de la lucha, que es la que permite llegar la poder; y la arquitectural, que es la que se ocupa de cómo se construirá la acción política para administrar de la mejor manera la cosa pública, elevando los niveles de riqueza, cultura y mejor convivencia.
Tomás de Aquino y sus discípulos acuñaron más tarde el concepto de "bien común", cargándolo de un contenido que va mucho más allá del de bienestar general.
Pues bien, nuestra campaña no fue más que una prueba cabal y una demostración de por qué no avanzamos como país: el 99% de nuestros políticos sólo comprenden y se ocupan del aspecto agonal de la política: cómo llegar al poder, pero poco o nada saben sobre qué hacer con él una vez que lo han conseguido.
Por eso es que no hubo discusiones sobre políticas de fondo... porque nadie se ocupó de elaborarlas.
En nuestro país ya hace mucho tiempo que se gobierna en base a voluntarismo: los que luchan por el poder no tienen tiempo, o no tienen ganas, o no tienen capacidad -vaya uno a saber- para elaborar planes de gobierno de corto, mediano y largo plazo. Confían en su intuición y se dicen a sí mismos que "algo ya harán", que, llegado el momento, verán qué es lo mejor que se puede hacer.
Pero, lamentablemente, eso sólo lo logra un genio: tener éxito sin haber planificado; y los genios es más que evidente que no abundan por nuestros lares.
Triste destino nos aguarda si esto no se revierte.